Desde remotos lugares llegó la ‘legión
de Loyola’ a Piura. Éramos aún niños cuando conocimos a los Jesuitas. No
supimos en ese entonces –tercero de primaria- de dónde venían sino solamente que
eran sacerdotes, llamados a ser nuestros maestros y la mayoría, personas
jóvenes, sabían muchas cosas que nosotros aprenderíamos.
La Piura
de fines de los cincuentas que los acogió era para nosotros una ciudad grande,
orgullosa de sus tradiciones y que crecía. Las instalaciones del colegio
quedaban en los llanos de Castilla y para llegar a ellas había que utilizar un
ómnibus. Los salones de clase, amplios y austeros; el agua de beber de esos
años para recordar. La naturaleza, desierto y bosque seco que rodeaba todo, fue
una aliada en nuestra formación.
Algunos objetos acompañaron esos años
de aulas y tizas. El ‘block de pasos’, cuyas hojas desglosables eran utilizadas
para trabajar los exámenes. La ‘efemérides’, una libreta que anualmente registraba
muchos datos, de alumnos, padres, y profesores. La revista ‘Avanzada’, que
editaba el padre Durand y que repartía el p. Fernández-Dávila. Los ‘informes’,
que reportaban a nuestros padres las ocurrencias semanales y las temidas
‘papeletas’, en sus diversos colores, que significaban sanciones.
Desde el p. Ridruejo hasta el maestro
más joven, desde el señor Chalupa –llevando la contabilidad- hasta el servidor
laico menos visible, tuvimos a nuestro lado un equipo excepcional. Por eso
evocamos a varios de esos personajes en su trabajo. Entre ellos destaca el
hermano Rafael Bachiller, quien nos sorprendió tanto por su juventud como por
su temprana muerte. Los padres Benito, apellido tan ligado al colegio. El
profesor Néstor Martos, quien día a día nos enseñó a amar al Perú. El p.
Muguiro y su leyenda en el futbol español.
El p. Enrique Fernández-García y su
cuaderno, un ‘bosque’ de notas. El p. Santiago García de la
Rasilla , formador de adolescentes y
amigos. El hermano Dorado, el mayor testigo de la historia del colegio. El p.
Cuquerella, los conjuntos y su joven IMAIL, de tractores y campesinos. Los
directores hasta ese entonces, los padres Prado, Bambarén, García
Hernández-Ross y Cerrato –algunos de ellos emprendieron ya el viaje de retorno
al Creador.
Y cómo no acordarnos de nuestro p.
Porfirio Martín, quien era un anciano mágico y todo un patriarca de la
geografía del Perú, quien nos enseñó a amar a Piura, a Nieva y al pongo de
Manseriche, y que dedicó su romance ‘Piura versus Lima’ al trovador Mogollón,
autor de los jardines que verdearon nuestra infancia y juventud.
¿Cómo agradecer a tantas personas
-sería imposible mencionarlas a todas en tan breve espacio- que han contribuido
a forjar medio siglo de la historia contemporánea de Piura? ¿Cómo destacar su
viaje a lejanas tierras y entregarse por la formación de ‘hombres para los
demás’? Tal vez esbozando estas sencillas líneas como señal de afecto y
agradecimiento con los padres jesuitas y sus familias así como con nuestros
profesores seglares. No olvidaremos jamás su entrega y las nuevas generaciones
seguirán estudiando para ‘saber más y ser más’. De este modo se mantiene
vigente lo que desde ese entonces le pedimos a María Inmaculada, que nos
acompañe siempre, en especial cuando ‘gima el huracán’ de la vida. Gracias San
Ignacio, por esos dones que nos envías y que hoy llegan al medio siglo. Que
traigan más y mejores ciudadanos para la
Piura que está renaciendo –otra vez.
Artículo publicado en la revista
editada por los 50 primeros años del Colegio San Ignacio de Loyola (Castilla,
Piura 2008).
Avenida Piura
22 Dic 2019
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