Luis Ginocchio Balcázar
Finalizaba la década de los sesenta, y los alumnos del colegio San
Ignacio de Loyola de Castilla, recibíamos una inusual noticia. Iríamos al
aeropuerto en el ómnibus del colegio. En aquellos lejanos tiempos nos alegraba
el compartir fuera de la escuela un momento en común.
¿Al aeropuerto? nos preguntábamos. Si, al aeropuerto. Pero, ¿qué‚ nos vamos a Lima en grupo? No, no se trataba de eso. El sacerdote jesuita que nos acompañaría refirió que esa tarde iba a ocurrir un evento que tal vez muchos años después recordaríamos: llegaba por primera vez a nuestra ciudad un jet de pasajeros. Hasta ese entonces, sólo aviones a hélice arribaban a nuestra terminal a‚rea. Un avión a reacción, un jet, para transporte de pasajeros, era sin ninguna duda una gran novedad. Una novedad antes reservada a las fotos del periódico.
Para los muchachos de la promoción Cristo Rey 70, que tan sólo estábamos familiarizados con los aviones comerciales a hélice que utilizaban la Faucett, LANSA, SATCO y TAM, que veíamos a diario sobrevolar el patio del colegio, era muy emocionante pensar que tan avanzado prodigio de la ciencia moderna aterrizaría en nuestra ciudad. Si, en nuestra ciudad.
En aquella distante Piura, que se aprestaba a recibir los setenta, el aeropuerto contaba con una terraza abierta al público. De allí se divisaba mejor el aterrizaje y la maniobra de aproximación de las aeronaves. Viajar en avión era un suceso poco frecuente para la mayoría de los piuranos. Tanto que diarios de la época informaban de los pasajeros que llegaban y dejaban nuestro aeropuerto. Tanto los que iban o venían de Lima, así como de Chiclayo y Trujillo.
Los ignacianos gozamos esa tarde. Disfrutamos el corto trecho que separa el aeropuerto, ubicado en Castilla, del local del colegio, que en aquel entonces era solitario guardián de los algarrobales que hoy cedieron lugar a la bella urbanización Miraflores.
Orlando, el buen amigo al volante, enérgico cuando se hacía desorden dentro del ómnibus, comprensivo cuando nos recogía fuera de los paraderos, forma parte de aquella historia auroral del colegio, tiempo de los padres Bambarén, García Hernández-Ross, Prado, García de la Rasilla, Cuquerella, Fernández-García, Muguiro, Morales, Bach, Herrero, Dorado, los Benito, Tapia, Peirano, Gonzáles-Alorda, Bachiller, Fernández Dávila (P. Pitín) y el inolvidable ‘tío’ Porfirio.
Ya emplazados en la terraza del puerto aéreo de Castilla escuchamos el "ya llega, ya llega". En efecto. A lo alto se distinguía la silueta de un inmenso objeto, cuya velocidad rebasaba nuestra referencia anterior. Era desconcertante. Nos preguntamos como iba a frenar si se aproximaba tan rápido.
Sus potentes focos brillaron en aquella típica tarde piurana. Los destellos de las cinco dieron paso a una estruendosa e inolvidable figura que quedó grabada entre las imágenes más cálidas de la adolescencia. Era un jet, tan moderno como los que aterrizaban a diario en La Guardia de Nueva York. La descomunal polvareda que levantó dejó atrás a los cuatrimotores de esa época, los DC-4 y DC-6, y de ella surgió la figura del primer Boeing 727 (propiedad de la Compañía de Aviación Faucett), que aterrizó en nuestra ciudad.
El tiempo de la hélice había llegado a su fin. Para aquellos jóvenes el fin de la era subsónica se había iniciado.
Publicado en el diario 'El Tiempo'. Piura. 04 May 1994
¿Al aeropuerto? nos preguntábamos. Si, al aeropuerto. Pero, ¿qué‚ nos vamos a Lima en grupo? No, no se trataba de eso. El sacerdote jesuita que nos acompañaría refirió que esa tarde iba a ocurrir un evento que tal vez muchos años después recordaríamos: llegaba por primera vez a nuestra ciudad un jet de pasajeros. Hasta ese entonces, sólo aviones a hélice arribaban a nuestra terminal a‚rea. Un avión a reacción, un jet, para transporte de pasajeros, era sin ninguna duda una gran novedad. Una novedad antes reservada a las fotos del periódico.
Para los muchachos de la promoción Cristo Rey 70, que tan sólo estábamos familiarizados con los aviones comerciales a hélice que utilizaban la Faucett, LANSA, SATCO y TAM, que veíamos a diario sobrevolar el patio del colegio, era muy emocionante pensar que tan avanzado prodigio de la ciencia moderna aterrizaría en nuestra ciudad. Si, en nuestra ciudad.
En aquella distante Piura, que se aprestaba a recibir los setenta, el aeropuerto contaba con una terraza abierta al público. De allí se divisaba mejor el aterrizaje y la maniobra de aproximación de las aeronaves. Viajar en avión era un suceso poco frecuente para la mayoría de los piuranos. Tanto que diarios de la época informaban de los pasajeros que llegaban y dejaban nuestro aeropuerto. Tanto los que iban o venían de Lima, así como de Chiclayo y Trujillo.
Los ignacianos gozamos esa tarde. Disfrutamos el corto trecho que separa el aeropuerto, ubicado en Castilla, del local del colegio, que en aquel entonces era solitario guardián de los algarrobales que hoy cedieron lugar a la bella urbanización Miraflores.
Orlando, el buen amigo al volante, enérgico cuando se hacía desorden dentro del ómnibus, comprensivo cuando nos recogía fuera de los paraderos, forma parte de aquella historia auroral del colegio, tiempo de los padres Bambarén, García Hernández-Ross, Prado, García de la Rasilla, Cuquerella, Fernández-García, Muguiro, Morales, Bach, Herrero, Dorado, los Benito, Tapia, Peirano, Gonzáles-Alorda, Bachiller, Fernández Dávila (P. Pitín) y el inolvidable ‘tío’ Porfirio.
Ya emplazados en la terraza del puerto aéreo de Castilla escuchamos el "ya llega, ya llega". En efecto. A lo alto se distinguía la silueta de un inmenso objeto, cuya velocidad rebasaba nuestra referencia anterior. Era desconcertante. Nos preguntamos como iba a frenar si se aproximaba tan rápido.
Sus potentes focos brillaron en aquella típica tarde piurana. Los destellos de las cinco dieron paso a una estruendosa e inolvidable figura que quedó grabada entre las imágenes más cálidas de la adolescencia. Era un jet, tan moderno como los que aterrizaban a diario en La Guardia de Nueva York. La descomunal polvareda que levantó dejó atrás a los cuatrimotores de esa época, los DC-4 y DC-6, y de ella surgió la figura del primer Boeing 727 (propiedad de la Compañía de Aviación Faucett), que aterrizó en nuestra ciudad.
El tiempo de la hélice había llegado a su fin. Para aquellos jóvenes el fin de la era subsónica se había iniciado.
Publicado en el diario 'El Tiempo'. Piura. 04 May 1994
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